Domme, o el ensayo de Ocupación
François Augiéras
Ed. Sexto Piso
LA LEY DEL ÁNGEL
CONTRA UTOPÍA I
Si esta ciudad existe, mis jinetes
la harán ceniza. Nada enseña a un hombre
Julio Martínez Mesanza
El 13 de diciembre de 1971 muere en Francia, en un hospicio de Périgueux, un ermitaño prematuramente envejecido. Tenía 46 años, se llamaba François Augieras y había pasado el final de su vida recluido en una gruta en el Perigord. Los que lo asistieron no podían saber que Augiéras había sido amigo de André Gide, que era un visionario, un escritor secreto y un gran viajero que había recorrido el norte de África. Ese mendigo había escrito una vez que su alma había pasado ya al otro lado, junto a las fuerzas del Mundo, y que se sentía del mismo linaje que los Elohim, aquellos ángeles que descendieron a la tierra seducidos por el mundo y su potencia, por la belleza de las hijas de los hombres. El estilo de François Augiéras tiene la urgencia de esos ángeles, su nostalgia invencible (y también la maldición que les acompaña, su naturaleza errática: una página luminosa redime en ocasiones capítulos enteros que resultan insípidos): “Pasamos de un estado a otro, serenamente. Vamos de la Luz Divina no creada, a la existencia en todos los mundos posibles. Fragmentados, destruidos incesantemente, recreados sin identidad ni nombre. Eternamente felices”.
“Domme o el ensayo de Ocupación”, su obra cumbre, puede leerse como una novela autobiográfica. Augiéras narra la historia de un eremita que se propone aniquilar el mundo moderno para crear una civilización nueva. Recluido en una gruta protegida por serpientes, en pleno corazón de “la Europa misteriosa y secreta”, llevará a cabo una gesta imposible. Frente a la utopía, lastrada por la frialdad especulativa, verdadera pipa de kif de los geómetras sociales, Augiéras defiende la convulsión inmediata de los místicos. Su ermitaño practica viejos ritos, y tañe un instrumento de su propia invención, una “máquina para volver al principio de los mundos”. Son las anotaciones de un ángel que se ha propuesto transformar una tierra exhausta. En su disimulo, que lo hace parecer invisible, en su ira, ajena a este mundo (ve en el hombre moderno “un ser sin alma, residual”), apreciamos la ley del ángel. Al mensajero sobrehumano de Augiéras pueden aplicársele las palabras terribles de Mishima: “Se limitaba a simular que se hallaba sometido a las leyes de este mundo. ¿Dónde están las leyes a las que ha de someterse un ángel? (...) Sentía una confianza completa en su propia pureza, sea cual fuere el mal que pudiera obrar”.






